domingo, 28 de diciembre de 2014

Mi primo Lucho

Cuando tenía once años mi mamá recibió una llamada telefónica que llegaba con chisme. Mi abuela desesperada farfullaba y mi madre le intentaba calmar. Al mismo tiempo, ella hacía muecas de sorpresa como si mi abuela la estuviera viendo. No escuché nada fuera de lo común. Aquel intercambio dramático entre madre-suegra fue parte fundamental de mi vida infantil.

De repente mi madre dice: “Pobrecito el Lucho… Marlene no le puedo creer” escuché esa oración con una claridad especial ya que dos años atrás Lucho había salido del closet. La homosexualidad de mi primo en segundo grado era, en ese entonces, un tema que nadie discutía pero que estaba en la mente de toda la familia. Recuerdo a mi abuelo hacer comentarios homofóbicos y a mi abuela
encomendarse a Dios.


Posteriormente, mi madre, como buena vocera de la familia se acercó a mí y dijo. “El Luchito tiene sida”. Una advertencia disfrazada de noticia. A partir de eso escuchábamos chismes sobre el Lucho. “El Lucho se droga”. “El Lucho está loco y quiere contagiar a todos”. “El Lucho me pidió cien dólares, la semana pasada”. “El Lucho escapó a Guayaquil”. “El Lucho está drogándose mucho”. “Los doctores dicen que el Lucho no va a vivir mucho”.

 Y así, nos  hemos inundado de información por ocho años y el Lucho no ha muerto, no se ve drogado o demacrado. Solo existe la distancia entre la familia y él,  con una base de información generada alrededor de chismes.

Al ser gay siento un temor especial de contraer VIH. Siempre vi en los medios como la gente moría con SIDA y como por otro lado mi primo en segundo grado se metía en un montón con todos. Siempre fue uno de mis mayores miedos vivir con una enfermedad que me iba a matar cuando me dé una gripe.

Sin duda el VIH/SIDA ha matado  a un montón de personas. En Cuenca por ejemplo existen 175 casos reportados con el virus y en el Ecuador, según UNAIDS, existen 37000 casos reportados. Sin embargo, la baja cantidad de infectados en nuestro país, no es el problema. El problema es que hasta ahora no existen voces que hablen del virus con el virus.

La falta de esta voz en los medios de comunicación es un problema a la hora de conocer sobre el virus. Siempre tuve miedo sobre lo que me pudiera pasar si tuviera VIH pero nunca exploré la idea de que me pudiera pasar a mí por el hecho de que nunca escuché a alguien con quien me pudiera identificar.

El material existente sobre el tema es extenso y personalmente recomiendo The Normal Heart dirigida por Ryan Murphy con actores como Jim Parsons y Julia Roberts; y How to Survive a Plague, documental, dirigido por David France. Se podría decir que este material es el único que se acerca a mi realidad pero que aun así está envuelto en el glamour de Hollywood que a veces nos miente.
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Mi reunión con el Lucho empezó con varias dudas. En primer lugar no sabía si es que él aparecería en primer lugar. Me dijo que me podía ayudar pero cambió la fecha de la cita varias veces. Una vez concretado el lugar me dijo que no me podía ayudar… “ya veo como hago” me dijo hasta que apareció en el centro. “jaja pensabas que no iba venir”.

La historia de Lucho empieza como la de la mayoría de LGBTIs. Joven, asustado y confundido, el cuencano nunca cuenta a sus padres que es gay. La ciudad se encarga de avisarle al mundo que uno no es “normal”. Y así pasó con él. Su madre, sorprendida por aquella pieza de información, recluyó al joven a un centro de des-homosexualización. En los siguientes tres años el Lucho viviría constantes entradas y salidas de estos lugares.

De repente la vida se volvió más difícil pues un mensaje de texto citó una nueva realidad para el joven. “El mensaje decía que me cuide… que mi pareja estaba enferma” Al principio él tomó el mensaje como una mentira para cultivar el miedo. Después de dos meses y una prueba “Elisa” que dio positivo en VIH, se marcó un nuevo camino para el joven de 20 años.

Existe un estigma alrededor de los “positivos” que va de la mano con el miedo generado alrededor de la peligrosidad que el VIH implica y un retrato pintado de gente muriendo como si la enfermedad fuera castigo divino. Para Lucho esta ha sido una realidad que se ha afrontado solo. “No me he podido apoyar en nadie, ni mi madre, ni mis hermanas”, quienes conforman su familia.

Han pasado ocho años desde que fue diagnosticado con el virus. El Lucho se ve fuerte, algo gordito y con unas cicatrices pequeñas que no desfiguran la cara sino que le proveen fuerza y actitud. Actualmente quiere terminar sus estudios en enfermería para volver a Nueva York, a donde viajó este año, para trabajar y dejar todo lo malo acá.

 Al final de la tarde y con la grabadora apagada, mi primo en segundo grado  me reclamó un poco sobre los temas discutidos en frente de tanta gente. “No pensaba que me preguntarías sobre eso” Salí de la cafetería y él se quedó sentado, petrificado por el miedo a que los demás le vean. “No pasa nada, la mayoría ni siquiera te vio y honestamente no creo que ni siquiera hablen español” le dije. “Si le muestras esto a mi madre te juro que te jaló de las extensiones” comentó con el tono sarcástico y la feminidad del caso.

Aquí una muestra de la entrevista a Luis Gabriel:


   

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