Cuando tenía once años mi mamá recibió una
llamada telefónica que llegaba con chisme. Mi abuela desesperada farfullaba y
mi madre le intentaba calmar. Al mismo tiempo, ella hacía muecas de sorpresa
como si mi abuela la estuviera viendo. No escuché nada fuera de lo común. Aquel
intercambio dramático entre madre-suegra fue parte fundamental de mi vida
infantil.
De repente mi madre dice: “Pobrecito el Lucho…
Marlene no le puedo creer” escuché esa oración con una claridad especial ya que
dos años atrás Lucho había salido del closet. La homosexualidad de mi primo en
segundo grado era, en ese entonces, un tema que nadie discutía pero que estaba
en la mente de toda la familia. Recuerdo a mi abuelo hacer comentarios
homofóbicos y a mi abuela
encomendarse a Dios.
Posteriormente, mi madre, como buena vocera de
la familia se acercó a mí y dijo. “El Luchito tiene sida”. Una advertencia
disfrazada de noticia. A partir de eso escuchábamos chismes sobre el Lucho. “El Lucho se droga”. “El Lucho está loco y
quiere contagiar a todos”. “El Lucho me pidió cien dólares, la semana pasada”.
“El Lucho escapó a Guayaquil”. “El Lucho está drogándose mucho”. “Los doctores
dicen que el Lucho no va a vivir mucho”.
Y así,
nos hemos inundado de información por
ocho años y el Lucho no ha muerto, no se ve drogado o demacrado. Solo existe la
distancia entre la familia y él, con una
base de información generada alrededor de chismes.
Al ser gay siento un temor especial de contraer
VIH. Siempre vi en los medios como la gente moría con SIDA y como por otro lado
mi primo en segundo grado se metía en un montón con todos. Siempre fue uno de
mis mayores miedos vivir con una enfermedad que me iba a matar cuando me dé una
gripe.
Sin duda el VIH/SIDA ha matado a un montón de personas. En Cuenca por
ejemplo existen 175 casos reportados con el virus y en el Ecuador, según
UNAIDS, existen 37000 casos reportados. Sin embargo, la baja cantidad de
infectados en nuestro país, no es el problema. El problema es que hasta ahora
no existen voces que hablen del virus con el virus.
La falta de esta voz en los medios de
comunicación es un problema a la hora de conocer sobre el virus. Siempre tuve
miedo sobre lo que me pudiera pasar si tuviera VIH pero nunca exploré la idea
de que me pudiera pasar a mí por el hecho de que nunca escuché a alguien con
quien me pudiera identificar.
El material existente sobre el tema es extenso
y personalmente recomiendo The Normal Heart dirigida por Ryan Murphy con
actores como Jim Parsons y Julia Roberts; y How to Survive a Plague,
documental, dirigido por David France. Se podría decir que este material es el
único que se acerca a mi realidad pero que aun así está envuelto en el glamour
de Hollywood que a veces nos miente.
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Mi reunión con el Lucho empezó con varias
dudas. En primer lugar no sabía si es que él aparecería en primer lugar. Me
dijo que me podía ayudar pero cambió la fecha de la cita varias veces. Una vez
concretado el lugar me dijo que no me podía ayudar… “ya veo como hago” me dijo
hasta que apareció en el centro. “jaja pensabas que no iba venir”.
La historia de Lucho empieza como la de la
mayoría de LGBTIs. Joven, asustado y confundido, el cuencano nunca cuenta a sus
padres que es gay. La ciudad se encarga de avisarle al mundo que uno no es “normal”.
Y así pasó con él. Su madre, sorprendida por aquella pieza de información,
recluyó al joven a un centro de des-homosexualización. En los siguientes tres
años el Lucho viviría constantes entradas y salidas de estos lugares.
De repente la vida se volvió más difícil pues
un mensaje de texto citó una nueva realidad para el joven. “El mensaje decía
que me cuide… que mi pareja estaba enferma” Al principio él tomó el mensaje
como una mentira para cultivar el miedo. Después de dos meses y una prueba
“Elisa” que dio positivo en VIH, se marcó un nuevo camino para el joven de 20
años.
Existe un estigma alrededor de los “positivos”
que va de la mano con el miedo generado alrededor de la peligrosidad que el VIH
implica y un retrato pintado de gente muriendo como si la enfermedad fuera
castigo divino. Para Lucho esta ha sido una realidad que se ha afrontado solo.
“No me he podido apoyar en nadie, ni mi madre, ni mis hermanas”, quienes
conforman su familia.
Han pasado ocho años desde que fue
diagnosticado con el virus. El Lucho se ve fuerte, algo gordito y con unas
cicatrices pequeñas que no desfiguran la cara sino que le proveen fuerza y
actitud. Actualmente quiere terminar sus estudios en enfermería para volver a
Nueva York, a donde viajó este año, para trabajar y dejar todo lo malo acá.
Al final
de la tarde y con la grabadora apagada, mi primo en segundo grado me reclamó un poco sobre los temas discutidos
en frente de tanta gente. “No pensaba que me preguntarías sobre eso” Salí de la
cafetería y él se quedó sentado, petrificado por el miedo a que los demás le
vean. “No pasa nada, la mayoría ni siquiera te vio y honestamente no creo que
ni siquiera hablen español” le dije. “Si le muestras esto a mi madre te juro
que te jaló de las extensiones” comentó con el tono sarcástico y la feminidad
del caso.
Aquí una muestra de la entrevista a Luis Gabriel: